martes, 31 de agosto de 2010

31 de agosto



Desde este lado del mundo queda poco que contar. El escenario que dejaron los cuentos que hablaban de ti, de mí y del resto pide nuevos quehaceres. A las puertas hacen cola los buenos actores. Los que de verdad saben mentir. Dentro se acumulan todos los trastos de esta noria. Y entre bastidores sólo un perchero. No me supe dar cuenta de que me fui dejando colgados allí los días, las noches y los besos.

Hoy no esperaba comprender que Murcia se ve más bonita en tus ojos. Que tengo la mala costumbre de ponerte en todas partes.

Como anticipé, estaba preparada para todo excepto para ti.

Tus secuelas


Aún consciente de la falta de equilibrio de este pacto cedí a negociar contigo mis sudores. Realmente no me importaba si te quedabas tú el 10% que no incluías o si jugabas con él en el mercado negro, porque el 90% restante que invertías en cada uno de tus besos por mi oreja terminó por llenarme la cabeza de un humo engañosamente complaciente.
Si me pregunto qué es lo que no hice bien contigo solo se me ocurre una cosa. Tendría que haber sido la charlatana que te contaron. La experimentada estafadora de pulmones. La boca descarada que baila de luna en luna que creías. Pero no. Me dejé mi fama en tu capricho. Y entonces te hablé de sacudidas, de velocidades y del privilegio de tenerte. Te conté sensaciones y ansiedades. Te pensé en exceso. Por dentro y por fuera. Te comí con la boca grande. Te enrollé en mis párpados. Te lavé las manos. Y hablé de ti. Mucho. Hasta cansar, hasta agotar. Hasta saberme de memoria las caras que ponían los demás cuando tu encanto era mi conversación. Hasta acostarme cada noche queriéndote en potencia, sabiendo que al día siguiente eso me parecería poco…
Hoy quiero delirar contigo aquí. Este es el lugar para asumir que todo tu circo me ha hecho tocar fondo. Que me has ganado todas las apuestas, todas las tormentas y todos los juegos. Incluido este. Que me dejé ganar todos los retos. Que pasé por todos los por ahí no paso. Que me creí todos tus 100% seguro a pesar de estar advertida de que tienes la lengua dispuesta. Y el desliz siempre a punto.
Pero no me importó. Y no he dejado de caer a tus pies. Sigo sin digerirte. Sigo sin soportar tu música con mi música. Demasiada agua para estas dos pupilas desbordadas de ti que seguirán mirando atrás incluso cuando dobles la esquina y cierres la página. Porque te necesito y necesito que sigas siendo esos dedos que buscan un no sé qué por mi ombligo. Y que me dejes tu olor en la cama. Y que me desquicien tus pies descalzos. Y que me anulen nuestros fuegos cruzados. Que me escribas mil tonterías en los apuntes. Que me ladre tu perro. Y que estalle de celos por dentro cuando te digo adelante queda con quien te apetezca.
Pero también te quiero hacer tan invisible que luego ni me sale. Llevo tu hora en mi reloj. Supongo que es porque son tus déjame solo 5 minutos los que más echo de menos. Y también supongo que es porque era tu voz la que más me gustaba descolgar. Y la que más me hacia sonreír cuando decías en 10 minutos te recojo…
Y podría faltarme el tiempo que esto ya no se merece si me pongo a enumerar la larga lista de recuerdos muertos. Porque diga lo que diga ahora ya no vale nada. Te me volviste hielo bajo el mismísimo y eterno sol de este agosto. Y yo ya no puedo derretirte las comisuras. Ya no tengo ganas de tantearte los rincones que no comprendo.
Me voy a quedar aquí, con las ganas rayadas de ti, queriéndote encontrar un punto y aparte y una cara que ponerte en la que no notes que lo más importante eres tú.
Y que sí. Que tus secuelas algun día tenían que doler.

lunes, 23 de agosto de 2010

Casi Lunes


[...]
.
.
..
Y es que desde el principio demostraste que tú tampoco entiendes de kilómetros. Y es que desde el principio entendí que, por más empeño que pongas, nunca controlarás los daños. Y que así siga. Que por más que te explique de qué van las evidencias y las provocaciones a ti te sonará a chino ridículo. Que para quererte hay que saber lo que es perder la razón en singular y en cualquier plural. Que para estar contigo hay que saber que después de ceder, perder y caer cualquier ánimo de venganza se verá desintegrado por una mínima mueca de tu cara. Porque para estar contigo he tenido que vestir a mis ganas de fe y después atornillarlas a la realidad con la que me has sorprendido día tras día. Y para eso hay que estar preparada. Yo y cualquiera que se te cruce. Que todo el mundo sabe que donde pones la intención pones la bala. Y si la pones todo empieza a desequilibrarse. El sentido, la coherencia, y el esto ahora no me apetece dejan de ser procesos hasta en las mentes más templadas. El orgullo. ¿Qué coño es el orgullo? Si para estar contigo sólo hay que conjugar dos verbos: volver y esperar. Volver a verte. Volver a que me cojas la mano. Volver a besarnos y esperar sentada en las horas a que todo vuelva a repetirse la próxima vez. Que tú quieras claro, porque cuando no quieres querer no hay ciencia que valga.
Contigo se aprende que eso de la paciencia no tiene futuro en tu contra, y en cambio cuando tú la llamas constancia y la utilizas en combinación con cualquiera de tus sonrisas no queda planeta desalineado en el universo. Por eso es aconsejable aflojarse tanto la esperanza como la desesperanza. Porque es imposible saber por dónde vas a esperar o por donde a desesperar. Pero lo que yo no sabía que era posible es beberse la elegancia directamente de la botella. Que a nadie le queda tan bien partirse las sonrisas en cada borrachera, en cada lo siento y en cada recuerdo venido a destiempo. Que tus noches canallas me reciclan los adjetivos, los otoños, y los silencios. Que ya no te puedo decir que no a nada porque tengo no sé cuantos mil bichos acariciándome el estómago. Y un puñado de vientos levantándome del suelo con cada beso. Que las armas de mujer no las saqué porque se me fueron cayendo una por una al suelo después de ver cómo te mueves. Caprichosamente. Que aunque nunca estaremos de acuerdo sobre quien incitó a quien, benditas todas las excusas que acaben en tus brazos. Benditas todas las mentiras que te lleven a mi cama. Por muy poco responsable que parezca. Por muy a instinto animal que suene. Que deberías darte un poco a todo el mundo, porque realmente es una pena nacer, crecer y morir para vivir al margen de tu vida. Y eso está ahí para comprobarlo. Porque sólo tú puedes ser todas las pasiones, o todos los errores, y además ser también todo lo que queda entre ellos. Y luego actuar como si fueras de este mundo…


.
.
.
[...]