lunes, 23 de agosto de 2010

Casi Lunes


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Y es que desde el principio demostraste que tú tampoco entiendes de kilómetros. Y es que desde el principio entendí que, por más empeño que pongas, nunca controlarás los daños. Y que así siga. Que por más que te explique de qué van las evidencias y las provocaciones a ti te sonará a chino ridículo. Que para quererte hay que saber lo que es perder la razón en singular y en cualquier plural. Que para estar contigo hay que saber que después de ceder, perder y caer cualquier ánimo de venganza se verá desintegrado por una mínima mueca de tu cara. Porque para estar contigo he tenido que vestir a mis ganas de fe y después atornillarlas a la realidad con la que me has sorprendido día tras día. Y para eso hay que estar preparada. Yo y cualquiera que se te cruce. Que todo el mundo sabe que donde pones la intención pones la bala. Y si la pones todo empieza a desequilibrarse. El sentido, la coherencia, y el esto ahora no me apetece dejan de ser procesos hasta en las mentes más templadas. El orgullo. ¿Qué coño es el orgullo? Si para estar contigo sólo hay que conjugar dos verbos: volver y esperar. Volver a verte. Volver a que me cojas la mano. Volver a besarnos y esperar sentada en las horas a que todo vuelva a repetirse la próxima vez. Que tú quieras claro, porque cuando no quieres querer no hay ciencia que valga.
Contigo se aprende que eso de la paciencia no tiene futuro en tu contra, y en cambio cuando tú la llamas constancia y la utilizas en combinación con cualquiera de tus sonrisas no queda planeta desalineado en el universo. Por eso es aconsejable aflojarse tanto la esperanza como la desesperanza. Porque es imposible saber por dónde vas a esperar o por donde a desesperar. Pero lo que yo no sabía que era posible es beberse la elegancia directamente de la botella. Que a nadie le queda tan bien partirse las sonrisas en cada borrachera, en cada lo siento y en cada recuerdo venido a destiempo. Que tus noches canallas me reciclan los adjetivos, los otoños, y los silencios. Que ya no te puedo decir que no a nada porque tengo no sé cuantos mil bichos acariciándome el estómago. Y un puñado de vientos levantándome del suelo con cada beso. Que las armas de mujer no las saqué porque se me fueron cayendo una por una al suelo después de ver cómo te mueves. Caprichosamente. Que aunque nunca estaremos de acuerdo sobre quien incitó a quien, benditas todas las excusas que acaben en tus brazos. Benditas todas las mentiras que te lleven a mi cama. Por muy poco responsable que parezca. Por muy a instinto animal que suene. Que deberías darte un poco a todo el mundo, porque realmente es una pena nacer, crecer y morir para vivir al margen de tu vida. Y eso está ahí para comprobarlo. Porque sólo tú puedes ser todas las pasiones, o todos los errores, y además ser también todo lo que queda entre ellos. Y luego actuar como si fueras de este mundo…


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