
Supongo que no tiene nada de especial confesar una vida en un blog. No es nada extraordinario poder describir las risas, o los llantos, las fuerzas, o los besos, o los impulsos, las veces que te vas o las veces que no has vuelto…
Las verdaderas historias de las personas ya no trascienden más de lo que lo hacen. Las pasiones escasean de realidad. Está todo lleno de palabras que solo buscan tus debilidades emocionales al final de cada renglón. Todo lleno de afirmaciones que escarban en tu desnutrición de afectos. Las canciones, los post, los rincones solo se dedican a lanzar interrogantes que cuestionan tus formas, tus alientos, tus idas y tus venidas. Todo lo que encuentras solo te indica que las cosas no son como deberían, pero nada ni nadie te explica porqué no lo son. Que falla. O que fracasa. Que es lo que desde el principio confundimos. No sé si me entiendes. Digo que todo el mundo tiene dos mitades y yo hoy las llamaría el principio y el final de cada persona. La primera y la última parte.
La primera parte se corresponde con la falta de familiaridad y es toda mentira. Y mentira en todo su esplendor, en todas sus versiones. Cruel por piadosa, y gorda por podrida. Mentiras al fin y al cabo. Mentira y punto. La otra parte, no es la segunda, es la última, pero no tiene nada que ver con terminar, ni acabar, ni liquidar. Se trata de completar, consumar. Caducar si acaso. Vivir la degeneración de la primera parte. Que te duelan sus mentiras, en otras palabras.
Y después lo más duro. La disciplina que no se estudia. La doctrina que no se cultiva. La lección que nunca se aprende, esa que en todo caso nos termina repasando a nosotros todas las veces. Y vaya repaso. Hablo de eso de desatarnos. Descosernos. De abrir la mano. De aprender a soltar. De descubrir que las distancias ahora se miden en ganas. De bajarse en la parada de antes. De saber cuándo no hay que mirar atrás porque podría rabiar. Porque todo lo que yo tenía delante se quiere quedar detrás.
Nunca aprenderemos a decir adiós, te digo.

