
Ya sé de donde me viene esa costumbre de que las emociones se me queden por dentro y en lugar de salir, me brillen en la mirada.
Mi abuelo es un hombre como tantos otros. Un gato con 7 vidas de gato que aún maúlla en los tejados que le dejan. Un viejo surcado por unas arrugas que nada dicen de él, salvo gritar una edad que no tiene, porque él es mas diablo todavía.
Tiene una expresión como de hola y adiós, como de un eterno y sencillo mediodía. Soleado siempre, claro. Con sonrisa a sabor a vino dulce, por supuesto.
Él nunca cumple años, por eso en la familia solo celebramos quien es, como se llama.. Y tampoco se le nota, hace años que se quedó en la leyenda de sus cicatrices y en la suerte de sus hazañas, aunque también podría contarse como la suerte de sus cicatrices y la leyenda de su suerte.
Hace también años desde que se acuesta en la misma cama, que se levanta a la misma hora, que corretea las mismas calles y que va dejando el mismo rastro a don juan casado que cuando empezó a raparse la cabeza.
Piel roja, me pregunto si siempre le habrá sido fiel a sus ganas de vivir o utiliza las que va robando a punta de carcajadas asfixiantes que desmantelan el alma.
Sonríe sí. Y si se cabrea usa el cinturón que le sujeta los pantalones. Y vuelve a sonreír cuando se alegra y se le inunda el mirar. Y es que él no llora. Él se emociona. Y tampoco se ríe, se empeña en vivir...en vivirnos.
No te mueras nunca Sebas
