domingo, 27 de febrero de 2011

Ana

Ana tenía muy en cuenta que las cosas podían ser diferentes, pero que si eran así, debería brillar de cara al público, estar guapa y hacer los mejores equilibrios con los cafés. Le encanta cocinar. Lo ha probado todo. Y también le encanta leer, sobre todo entre líneas.

Ana vive sola. Habla poco. Y duerme con la ventana siempre abierta. Tiene submundos que no paran de contradecirse y muchas imágenes colgadas de la nuca. Pero lo que Ana tiene de verdad no sé escribirlo. Porque hay cosas que solo se escriben con sudor y saliva. Y con eso aun no me atrevo.

Yo de Ana escribo hasta aquí. Y hasta aquí es "donde todos morimos por las mismas cosas, pero vivimos por distintas personas".

jueves, 24 de febrero de 2011

Funciones vitales


Desde tu guerra no ves mi situación. Levanta la cabeza y observa. Hondean banderas blancas. Quiero un pacto de armonía. Un armisticio de paz. Un acuerdo de fin de trampas. Que tengo los folios viciados y las manos arriba. Todo el tiempo. Y tengo los ojos cedidos. La voluntad vendida. Y los alientos contados. No me preguntes si tengo el amor. Porque lo tengo alcanzado (por balas-perdidas). Pregúntate tú si quieres que lo use. Que lo aplique. Que lo explote y lo abuse y lo someta. Pero por favor, no me lo dejes doliendo en los brazos.

jueves, 10 de febrero de 2011

Como salvar una vida

Como alguna vieja vidente ya presagio en su bola de cristal hace unos cuantos siglos, tú y yo teníamos que coincidir en algún momento de la historia. Pero teníamos que ponernos de acuerdo. Y nos ha costado. El bullicio popular y sobre todo tú, nos presentía por separado, pero las cartas ya habían sido leídas en alto y en claro. El destino decía que yo te vería primero, pero que tu tardarías en mirar. Y nada más cierto. Nunca olvidare el primer día en que me senté donde me senté porque estabas tú. Pero como estaba pronosticado, ni te alteraste. No tenían que pasar ni sapos ni princesas (aunque pasaron) para que tu fijaras en mi. Lo que tenía que pasar era el tiempo y una clase de seres raros sacados de fábulas para raros. Y entonces pasó.

Nos conocimos al tiempo en que tú picoteabas migajas varias y yo no dormía sola. No me contaste lo mejor de ti. Te dedicabas a mentir. A reír. A desvariar y a desatinar. Todo junto y sin parar. Y a mí no me sorprendía nada pero tú empezaste a acostumbrarte a nuestra clandestinidad. Y entonces todo iba bien. Todo en orden. Hasta que te conté el numero de disfraces y mascaras que llevaba puestos. Y eso te impactó tanto que lo nuestro explotó. Descargó. Fueron rachas de descarados fusilamientos y disparos. De insolentes atrevimientos. Y de guantazos no dados. El cuento entonces empezó a degenerar. Monarcas corrompidos, infantas delicadas, idiotas, estúpidos, y algunos bufones. No me lo negaras. Nos hicimos daño. Nos devastamos por las fiestas de pueblo y nos hicimos estragos con el alcohol. Teníamos que buscar otro papel para llevarnos bien. Y tengo tan mala memoria que no se cómo sucedió. Pero lo bueno es que sucedió.

Y entonces te reinventaste como paracaídas. Como mi paracaídas. Como mi chica rapada. Como mi otro yo y la parte que me falta. Y desde ahí no has dejado de ser los ojos que me hacen ver y la inmediata distancia que necesito. Mi espejo. Mi juez sin ley. Mi tercero en discordia. Mis celos. Mi amigo gay. Mi chino. Mi indio. Mi playa. El vestido que nunca me pongo. Mi edad. Mi geografía y mi exclamación.

Como yo, sabrás de todas las veces que nos hemos mandado lejos. Y habrás notado todas las veces que nos hemos censurado y desaprobado. Pero como yo también, pensarás que no ha valido la pena. Porque al final siempre nos hemos prestado las madrugadas. Porque al final siempre nos hemos servido la luna en bandeja de plata. Sea la hora que sea y sea el día que sea. Y que continúe así. Porque me encanta pestañearte y admirarte tanto y porque me haces viajar con tus aviones de papel.

Lo mejor será escribir que John Boy siga cantando en su sitio y que yo siempre le deba una cena.

Feliz cumpleaños precioso

miércoles, 2 de febrero de 2011

Unas veces se gana, y otras veces se aprende


Ya lo venían diciendo los más sabios (que no se por qué, pero suelen ser los más felices). “Lo mejor es vivir en la ignorancia”.

Y es que no hay nada como no saber. No hay ser mas campante que el que únicamente se sabe lo que sabe. Y ya está. De memoria o de corazón, que viene a ser lo mismo. (Saber lo que sabes. O sentir lo que sientes) El caso es no saber más de la cuenta. (y no sentir más de la cuenta. Estaba claro) Y solo contar con lo que sabes. Saberlo de verdad. Pero creerlo con cuidado. Sospecharlo de vez en cuando y tenerle un poco de miedo. Porque las condiciones, las personas, las emociones, y ese depósito de relaciones que somos, cambian, nos cambian o las cambiamos. Porque si te das cuenta, es lo único que no dura. Porque si te fijas, somos la excepción de las cosas que se prolongan. Y menos mal. Imagínate al paciente toda la vida esperando. O al tolerante, toda la vida entendiéndolo todo. O al constante, siempre tan perfecto. Sería un desastre. Un marrón. Pero tranqui, que para eso ya se inventaron los cambios, las mudanzas, y todas las palabras que empiezan por ex. Lo malo de estas transformaciones es que a veces se distraen con el tiempo, como las casualidades, los sueños o los deseos. Lo mismo juegan a tardar (y eso quiere decir que estas esperando), que aparecen a tus pies con un simple porque si (te guste o no) como razón. O lo mismo te joden y te atropellan mortalmente en un cruce donde tú creías que tenías visibilidad. Si esto último pasa, en realidad no tenías ninguna visibilidad, claridad o transparencia. O eres muy torpe y estúpido (que de esos hay muchos). O en realidad no querías mirar, y como dice el refrán, no hay mas ciego que el que no quiere ver. Y ahí lo dejo… ni siquiera me lo voy a aplicar. Que yo hoy, lo que quería, era hablar de las cosas que es mejor no saber, porque probablemente solo sean un segundo y después cambien. Humilde conciencia.