Como alguna vieja vidente ya presagio en su bola de cristal hace unos cuantos siglos, tú y yo teníamos que coincidir en algún momento de la historia. Pero teníamos que ponernos de acuerdo. Y nos ha costado. El bullicio popular y sobre todo tú, nos presentía por separado, pero las cartas ya habían sido leídas en alto y en claro. El destino decía que yo te vería primero, pero que tu tardarías en mirar. Y nada más cierto. Nunca olvidare el primer día en que me senté donde me senté porque estabas tú. Pero como estaba pronosticado, ni te alteraste. No tenían que pasar ni sapos ni princesas (aunque pasaron) para que tu fijaras en mi. Lo que tenía que pasar era el tiempo y una clase de seres raros sacados de fábulas para raros. Y entonces pasó.
Nos conocimos al tiempo en que tú picoteabas migajas varias y yo no dormía sola. No me contaste lo mejor de ti. Te dedicabas a mentir. A reír. A desvariar y a desatinar. Todo junto y sin parar. Y a mí no me sorprendía nada pero tú empezaste a acostumbrarte a nuestra clandestinidad. Y entonces todo iba bien. Todo en orden. Hasta que te conté el numero de disfraces y mascaras que llevaba puestos. Y eso te impactó tanto que lo nuestro explotó. Descargó. Fueron rachas de descarados fusilamientos y disparos. De insolentes atrevimientos. Y de guantazos no dados. El cuento entonces empezó a degenerar. Monarcas corrompidos, infantas delicadas, idiotas, estúpidos, y algunos bufones. No me lo negaras. Nos hicimos daño. Nos devastamos por las fiestas de pueblo y nos hicimos estragos con el alcohol. Teníamos que buscar otro papel para llevarnos bien. Y tengo tan mala memoria que no se cómo sucedió. Pero lo bueno es que sucedió.
Y entonces te reinventaste como paracaídas. Como mi paracaídas. Como mi chica rapada. Como mi otro yo y la parte que me falta. Y desde ahí no has dejado de ser los ojos que me hacen ver y la inmediata distancia que necesito. Mi espejo. Mi juez sin ley. Mi tercero en discordia. Mis celos. Mi amigo gay. Mi chino. Mi indio. Mi playa. El vestido que nunca me pongo. Mi edad. Mi geografía y mi exclamación.
Como yo, sabrás de todas las veces que nos hemos mandado lejos. Y habrás notado todas las veces que nos hemos censurado y desaprobado. Pero como yo también, pensarás que no ha valido la pena. Porque al final siempre nos hemos prestado las madrugadas. Porque al final siempre nos hemos servido la luna en bandeja de plata. Sea la hora que sea y sea el día que sea. Y que continúe así. Porque me encanta pestañearte y admirarte tanto y porque me haces viajar con tus aviones de papel.
Lo mejor será escribir que John Boy siga cantando en su sitio y que yo siempre le deba una cena.
Feliz cumpleaños precioso