Lo atractivo de la historia no es lo que trasciende, si no lo que se deja sin contar. Yo nunca lo cuento, pero siempre seré capaz de recordar qué llevabas puesto las veces que te he visto. O que tiembla un beso en tu mejilla cuando me lo pides, o que tardo exactamente 20 minutos seguidos en dejar de sonreír cuando apareces…
Sin embargo, hay cosas que no se pueden contar porque esta vida es imprecisa y sigue haciéndome señales de esas que no llevan a ninguna parte. Lo que no puedo contar es que a estas alturas de mi vida, y a esta distancia de la tuya, sigo dudando entre dejarme llevar o dejarme caer porque luchar contra lo que no quiere ser contado sería provocar que el vértigo comience a perseguirme y consiga arrodillarme. Y ya sabes que yo de rodillas me vuelvo muy valiente…
Aquí, en lo alto de esta foto en la que Felipe II miraba su monasterio y yo a ti, aún dudo entre dejar que la historia me sorprenda por la espalda o desear que me olvide para siempre. Porque quizá no lo entiendas, pero hay historias tan excepcionales que prefieren no ser vividas por no condenarse a eso tan corriente de quitarse la ropa antes que los miedos…
Así que desde aquí, desde esta parte incierta de la historia donde tú eres tierra de nadie y el amor ha confundido mi destino otra vez… desde aquí, donde puede que no quede mucho más que contar pero sí que vivir, te voy a guardar esta imagen por si algún día, al encontrarnos de nuevo, la historia me ha hecho historia y a mí solo me quedara esta sonrisa que deshielas para reconocerte…
